jueves, 28 de agosto de 2008

“IMÁGENES DE PRISIÓN” de Harun Faroki.

Este cineasta alemán crea una película con los materiales y el formato de “lo documental”, en la que las imágenes reales impactan por su veracidad y crudeza.
A partir de diferentes videos grabados por las cámaras de seguridad de diversas prisiones entre los años mil novecientos veintiséis y mil novecientos noventa y siete, retrata la vida de los reclusos y la forma de actuar de los guardias, no simplemente como un mero testimonio de la indiscutida y controvertida realidad carcelaria, sino con el propósito de poner al desnudo las diferentes miradas posibles a través del ojo de una cámara.
A mi criterio le interesa generar el ambivalente debate y la reflexión a partir de una apreciación crítica de esta sociedad y de cómo se manipula y dirige la mirada del público con fines determinados utilizando la tecnología como acto político.
Este prestigioso realizador, crítico y teórico denuncia dicha manipulación de la imagen por parte quien ostenta el poder, reflexionando a la vez sobre lo real, explícito y denotado y sobre la visión cinematográfica y lo connotado a través de ella.
Este retratista de rostros y sociedades parte de la filmación de un asilo de niños discapacitados física y mentalmente de Alemania de los años veinte, en la cual las encargadas y enfermeras parecen obsesionadas por ponerlos en movimiento frente a las cámaras, en un infructuoso intento de que respeten una fila y un orden impuestos.
Del asilo pasa a la prisión con el propósito de comparar estas dos realidades tan alejadas aparentemente y tan cerca en la realidad. Con una visión estética remarca con ritmos sucesivos y alternados la fila, el orden, la hilera como desfile militar.
Denuncia la mirada de la cámara como el rey, el dios que todo lo mira y todo lo ve, el poder, el control.
Recién a esta altura hace su aparición la música. Expone un film de una cárcel de Egipto recopilada por E.E.U.U. en 1931, donde un grupo de drogadictos desorientados y abatidos desconocen contra qué enemigo luchar. Golpea brutalmente la sensibilidad, la cara de la locura y la droga.
Trabaja con dos tipos de encuadre, un intento de fila ordenada, grupal, global, masificada, sin identidades y un retrato minucioso de individuos y grupos.
En el relato que acompaña durante todo el documental define que el movimiento es la apariencia y la inmovilidad, la esencia.
La violencia pasa de ser psicológica a física ya que expone a muchos guardias tratando de reducir a un interno, atado. Se pregunta qué es el hombre. Muestra una persona en la cama, totalmente tapada, inmóvil, sabiendo que la estaban observando.
La cámara descubre guardias espiando constantemente, incluso llegando hasta el nivel de perversión, viendo situaciones íntimas y personales. Los reclusos no quieren ser observados.
Ahora ya sin rodeos, el relator comenta la necesidad con fines utilitarios de mantener a los presos con vida, ya que son herramientas, mano de obra gratis en las fábricas, representando un valor a la economía nacional, como un proyecto antropológico. Nuevamente el mudo sonido acompasado de lo reiterado, repetitivo, rutinario.
Pasa a la película mirada desde la óptica del ingeniero, constructor de cárceles, prisiones nuevas, aisladas, invulnerables que se erigen en el horizonte casi como un aviso, una advertencia. Pueden compararse con fábricas, centrales nucleares, aeropuertos.
El autor muestra todo el minucioso proceso de un preso, miembro de la resistencia, condenado a muerte, en su detallado proyecto y plan por escaparse filmado detenidamente ideando herramientas con una cuchara, un alambre extraído del colchón y un trozo de tela como soga.
A este plan de fuga le siguen diferentes escenas de liberación, de excarcelación. Todas distintas pero todas iguales. La relación de los presos con los guardias. El salir con algo en las manos o el salir sin nada, me remite al vacío.
“El sonido es más fácil de cambiar que la imagen”, continúa el relato. Veinte años después, la misma prisión, otros ruidos. Cambian el tono de las órdenes, el deslizamiento de las rejas, los cerrojos. Nuevamente la rutina, lo cotidiano para los que viven esta vida.
Llega la época en la que la prisión es como una fábrica, una industria. Los presos salen a trabajar y las nuevas tecnologías inundan los lugares. Las cárceles no pueden escaparse a esta realidad: altavoces, identificación por el iris, tobilleras de control.
En este profundo análisis e indagatoria teórico filosófica, confronta el movimiento de los presos en la cárcel con el de los consumidores filmado por las cámaras de seguridad de los supermercados, como entes manejados ex profeso por el consumo unos, y por el poder, otros.
Todo se registra en las cintas que nunca se borran, excepto si hay una muerte. La violencia de los guardias que matan a un interno. El paso del tiempo hace que no puedan usarse más armas para controlarlos sino agua con gas lacrimógeno. Los aspirantes para desempeñar este trabajo son preparados y capacitados.
Los guardias manejan y administran la violencia manipulando los internos y las bandas. ¿Para quién es el espectáculo?
Este documental es un encuentro entre las imágenes del mundo real con una mirada, una forma de ver las cosas. Es una denuncia implícita y explícita que obligatoriamente genera un debate y una deliberación en torno a la sociedad, la prisión, la privacidad, el poder, la política, el hombre y la producción cinematográfica.

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